Sponsa Christi

En noviembre de 1653, una epidemia había azotado a Buenos Aires, a fin de ahuyentar cualquier nuevo castigo divino, el procurador general, capitán Juan de Saavedra, presentó una petición solicitando la fundación de un convento de monjas. Los beneficios previstos eran: el convento sería lugar de oración para las esposas de Cristo y remedio de grandes inconvenientes, amparo de la honestidad de las doncellas, seguro de la reputación de las casadas en ausencia de sus maridos y lugar de crianza y de enseñanza religiosa para las niñas nobles que, al tomar estado matrimonial, para convertirse en matronas virtuosas.

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Estaba decidido por ellos, ingresaría al convento. El día que salió de su casa, con 26 años, llevaba apenas una pequeña bolsa con algunas pertenencias y fue recibida por la superiora quien indicó a una de las monjas, que la acompañara a conocer el lugar, en tanto hablaba con sus padres. A estos, les explicó lo administrativo y el fin espiritual: El ingreso requería el pago de una dote y un monto más por ocupar una celda. Les refirió que el estado religioso supone la adquisición de una nueva identidad: de doncella, mujer del mundo, común mortal, a virgen consagrada, sponsa Christi, cuya transformación requería tiempo y se llevaría a cabo por etapas.

Cuando regresó del recorrido, Carmen intentó esbozar una sonrisa para sus padres, en sus ojos no había ilusión, más bien quizá comprensión de por qué aquel destino. Su madre, una mujer bajita de mirada bondadosa, la abrazó con dulzura. Su padre le tocó un hombro y la persignó, besándola a continuación en la frente, sujetándole el rostro con ambas manos.

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Luego de dos años, Carmen y otras novicias fueron llamadas por el escribano, un hombre de rostro arrugado, manos gruesas y manchadas, mirada penetrante y voz ronca. – Ha llegado el momento de escribir su testamento. Deberán asentar en él su renuncia al mundo material; podrá ser algo como: “dejo por propia voluntad los bienes temporales, resigno mi voluntad a la de mis superiores para seguir las huellas de Cristo.” Dijo el hombre en forma solemne. – Mañana será su ceremonia de ingreso a la vida religiosa. –

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Llamaron a su celda de madrugada, le pidieron que se cambiara el camisón que vestía y le vendaron los ojos. Dos monjas la guiaron por diversos pasillos que no reconoció. Bajaron un gran número de escalones y se estremeció de frío conforme descendían hasta que llegaron a un lugar en el que ardía un fuego que de inmediato le devolvió el calor perdido, aunque debía mantener la venda en sus ojos.

Acercaron a sus labios una copa y le ordenaron beber el contenido completo, hizo una mueca con el rostro en señal de desagrado y a continuación, le ataron una cuerda alrededor de la cintura. Luego, de cada lado jalaron la cuerda, guiando a Carmen entre oraciones en latín, hacia el lugar en que ardían unos carbones en el suelo. Ella reaccionó gritando y tratando de salir de las brasas.

Alguien desgarró sus ropas, comenzaron a escucharse cánticos de voces femeninas y quedó completamente desnuda, a lo que reaccionó colocando sus manos para tapar sus partes íntimas; aún jalada por las cuerdas con brusquedad, la hicieron ingresar a una tina con agua fría. Tiritó con fuerza, luego cortaron su cabello.

La venda retenía las lágrimas que salían de sus ojos. Luego, varias manos comenzaron a tocarla por todo el cuerpo, generándole rechazo, gritaba, la voz de un hombre la calló y le comenzó a decir en voz muy alta: – ¿Renuncias a las manos de Satanás y a los bienes materiales? ¿Renuncias al pecado y a tu vida pasada? ¿Estás dispuesta a buscar tu salvación? –

Con la respiración entre cortada, la garganta contraída por el frío y lo que le estaba pasando, no tenía capacidad para contestar. Alguien le gritó al oído que debía decir algo. Y en bajo, alguien más le susurró que si decía que sí, aquel suplicio probablemente acabaría.

Casi en un murmullo, esa palabra salió de su boca y entonces fue retirada del agua, algunas mujeres secaron su cuerpo, haciéndolo con todo cuidado. Secaron su cabeza, la llenaron de aceites con lindos aromas, la vistieron con una túnica blanca, colocaron un velo del mismo color sobre lo que le restó de cabellera, le extendieron otro copón con una bebida caliente y la acercaron a la hoguera, mientras la sentaban en una alfombra llena de cojines y le hablaban con suavidad tranquilizándola.

Alguien le retiró la venda de los ojos, tardó en reaccionar a la luz. Alrededor del fuego, había muchas monjas que portaban sus velos negros y comenzaron a decirle que era bienvenida a su comunidad, que había superado las pesadas pruebas que la iniciaban para instruirse en los secretos y tradiciones a su nueva vida. Que había muerto a su condición profana y que renacía a partir de ahí, al conocimiento del mundo sagrado. Luego, la superiora se le acercó, sobresalía de las demás por su aire de autoridad, su andar firme y decidido, le ordenó que se colocara en el suelo extendiendo los brazos a modo de formar una cruz, rezó unas oraciones y luego la levantó, le dio un beso en cada mejilla y colgó del cuello de Carmen, un escapulario con su nuevo nombre, – Te llamarás Alicia, que significa: Mujer de verdad. – Le dijo. Escríbelo en el libro de las entradas.

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El siguiente periodo de preparación de Alicia, sería bajo la tutela de una monja que había llegado de otro convento. Durante este, debía observar la más absoluta clausura y estar aparte de las demás monjas profesas. La maestra novicia tendría a cargo su educación. Y así lo hizo, pero no sólo le enseñó latín, música, bordado, Alicia también leía con su maestra, una mujer guapa de figura espigada, tez muy blanca, cuyo carácter era sumamente atrayente. Una cosa llevó a la otra, aquellos textos prohibidos…

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El día iniciaba con oportunidad, así se lo dijo su maestra… Aquella ceremonia pública y solemne sería en el coro bajo, a un costado del altar. Estaba emocionada, por fin vería a sus padres, aunque fuera por unos momentos. Se reprendió con el silicio por pensarlo: ellos ya no era su familia.

Alicia eligió al sacerdote que oficiaría la misa, durante esta, la bendeciría y le otorgaría una indulgencia plenaria: la que borraría las faltas y culpas de su vida, haría su profesión solemne de fe, colocaría sus manos entre las de la abadesa y le juraría obediencia.

Durante la ceremonia, cada una de sus compañeras de comunidad, su nueva familia, abrazaron a Alicia, su maestra intercambió con ella, un gesto particular, con un brillo especial en los ojos, sujetó una de sus manos y le hizo una leve caricia que los demás no percibieron, pero Alicia sí captó. Y en el último paso indicado en el ritual, se reunieron todos los protagonistas. El sacerdote la entregó a la abadesa, al tiempo que expresaba el objetivo de este gesto: “Yo te encomiendo esta esposa de Jesucristo, para que sea conservada hasta el día del juicio final sin mancha en la presencia del Altísimo”. Terminada la misa de rigor, el sacerdote se encaminó al coro bajo y llevando el Santísimo Sacramento rodeado de velas encendidas, bajo un magnífico tejido en tela de color carmesí y con hilos de oro decorado con símbolos eclesiásticos, entonó el veni sponsa Christi: “Ven esposa de Cristo, recibe la corona que el Señor te tiene preparada desde la eternidad”.

Pluma y Pensamiento

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    La vida de una monja dentro de un convento de clausura en Buenos Aires, el ritual de su iniciación y un final inesperado

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